20 julio, 2019

Tras casi 100 años de trabajo en los yerbales misioneros, una familia sigue agregando valor en su chacra

Los Butiuk trabajan sobre los envases de "Dulce Beso", la yerba que produce la familia con secado barbacua

Su bisabuelo, Esteban Butiuk, llegó de Ucrania en 1902 a la Argentina para radicarse en la provincia de Misiones. En 1920, empezó a plantar yerba mate y comenzó un emprendimiento que hoy, casi 100 años después, continúa su bisnieto, Jorge, junto a su mujer y sus hijas. Con esfuerzo y dedicación, han logrado agregar valor: tienen secadero y un pequeño molino que les permiten producir una yerba artesanal que venden en la zona y a clientes de todo el país. Buscan seguir creciendo, lograr la certificación de producto orgánico y montar un parque natural en su chacra, para consolidar el emprendimiento familiar.

Butiuk ofrece la yerba «Dulce Beso» en la feria MateAr

Azara es una pequeña colonia agrícola ubicada en el sur de la provincia de Misiones, al límite con la provincia Corrientes. Allí llegó a radicarse, a principios del siglo XX, el ucraniano Esteban Butiuk, a quien le asignaron dos chacras de 25 hectáreas de campo y malezas.

En 1920 comenzó a plantar las primeras 50 plantas de yerba que le otorgó el gobierno provincial y nació el emprendimiento familiar. Con las primeras cosechas, él armó su primer secado barbacuá donde se sapecaban[1] las hojas de yerba directo en un gran fogón. Allí se ubicaban, en una tarimba de unos dos metros de altura con rejilla de bambú.

Ese trabajo fue continuado por su hijo, Miguel, nacido en agosto de 1910. Él tuvo cuatro hijos: dos mujeres y dos varones. Uno de ellos, Juan, decidió ser mecánico al crecer. Trabajó de ese oficio en la chacra familiar y fue uno de los primeros de la zona en hacerlo. En 1964 nació su hijo Jorge. El niño fue creciendo, siempre prestando atención a las labores de su papá y abuelo. Años después, Juan dejó la chacra y sus hijos fueron a la escuela en el pueblo, Apóstoles. Así, el abuelo quedó solo en el campo.

Los yerbales de los Butiuk

En 1975, por su edad, Miguel decidió abandonar las tareas del secadero, pero mantuvo los yerbales. Finalmente, en 1985, falleció.

Más tarde, en 1990, cuando se logró avanzar en la sucesión de la chacra, Jorge le pidió a su padre que le permitiera ir a trabajar allí. Se había recibido en 1983 de técnico mecánico, había trabajado también en un taller y, luego, como maestro de enseñanzas prácticas, en la escuela de la zona. Pero el amor por la actividad seguía latente, tanto como los conocimientos que había adquirido viendo a su abuelo en su niñez.

“En ese momento, la chacra estaba abandonada. En sus últimos años mi abuelo mantuvo los yerbales, pero como secadero no trabajó más. Así que en los noventa teníamos solamente siete hectáreas de yerba, que durante esos cinco años quedaron en muy malas condiciones. Cuando pudimos recuperar los yerbales, se dio la oportunidad de reinstalar el secadero de mi abuelo. En ese momento le pedí ayuda a un amigo, porque se dio también la oportunidad de comprar un secadero de otro industrial que dejó la actividad por la edad”, recordó Jorge y agregó: “También hablé con unos amigos vecinos, para que me prestaran kilogramos de yerba, de manera de reinstalar este secadero y mecanizar un poco lo que era de mi abuelo, que era todo manual. Como yo estaba en la parte de mecánica industrial, todos los trabajos y las instalaciones las podía hacer. Fue algo muy especial, porque en esa época todos estaban con la yerba muy decaída, había más problemas con los pagos y precios de yerba como ahora. En ese entonces, todos me preguntaban por qué estaba tratando de poner en funcionamiento el secadero, si estábamos en plena crisis. Pero yo seguí adelante”.

Para él no se trataba solo de una actividad económica: era también una herencia, un desafío y una pasión.

Jorge recorriendo sus plantaciones

Con la ayuda de esos kilos de yerba que le prestaron, logró empezar. Para pagarles a sus vecinos, después les iba elaborando su yerba sin cobrarles, hasta cubrir lo que le habían prestado. Así arrancó y con el tiempo pudo plantar más yerbales, hasta completar las 50 hectáreas.

Como suele suceder en la zona, él le vendía su yerba canchada[2] a una empresa muy grande, que de a poco fue consolidando su posición dominante y abusando en las condiciones que imponía al momento de pagar.

Para los años 2000, cuenta Jorge que en el pueblo había 30 secaderos en un radio de 15 kilómetros; hoy quedan solamente cuatro, porque los demás no pudieron resistir.

En paralelo, Jorge y su familia tramitaron una marca para su yerba artesanal. La llamaron Dulce Beso. Habían podido conseguir un pequeño molino abandonado y lo compraron, para avanzar en el agregado de valor de su producto. “En ese momento, la empresa se enteró de que quería comenzar a moler. El dueño me citó a una reunión para hacérmelo saber, fue un momento bastante difícil porque lo vivimos, de alguna manera, como una amenaza”, recuerda.

La empresa tenía un secadero enorme, que le permitía producir 500.000 kilos por día; mientras que los Butiuk producían 20.000 en ese mismo lapso. Por entonces, los industriales les compraban la yerba a los productores al precio fijado por el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), pero estos debían ir al banco, cobrar ese monto y llevarles dinero en devolución a las empresas. Es decir, los hacían firmar por montos mayores a los que realmente percibían por su yerba canchada como condición para volverles a comprar.

Jorge, su mujer y sus hijas, trabajan en el empaquetado de la yerba mate

“Frente a ese abuso, en 2008 nosotros decidimos no devolverles más la plata, porque nos estábamos fundiendo. Teníamos un stock de yerba en casa y más de 60.000 kilos en el depósito de esta empresa. Desde que les informamos que no les retornaríamos el dinero, nunca más nos compraron. Pero no solo eso, tardaron más de tres años en pagarnos por el producto nuestro que tenían en su poder. Fue una crisis grande. Pero también fue nuestra oportunidad. Porque el stock que teníamos en nuestro depósito por no haber vendido permitió hacer estacionamiento. Luego de eso sí pudimos empezar a salir a vender más cantidad de yerba con el molinito. Como siempre se dice, ‘no hay mal que por bien no venga’, y esto fue así”, cuenta Jorge.

Para seguir creciendo en la actividad, en 2016 decidieron tomar un crédito ofrecido por el INYM para la compra de materias primas. Los Butiuk no lo dudaron: querían tener más stock para avanzar con el estacionado. Era la manera de dejar de vender hoja canchada para pasar a comercializar molida, es decir, de consolidarse en el proceso de agregado de valor.

En principio, el préstamo era por 90 días, por un poco más de un millón y medio de pesos, una suma difícilmente alcanzable para pequeños productores familiares. Lamentablemente, el precio del producto en ese momento subió mucho menos que las condiciones financieras a las que se habían comprometido, situación que tornó imposible su pago. Entonces, tras diversas gestiones de Jorge, el Instituto de Fomento Agropecuario e Industrial de Misiones (IFAI) cubrió la deuda y les permitió acceder a una refinanciación con una tasa subsidiada y doce cuotas. Con esa ayuda, pudieron avanzar con su emprendimiento, pagando lo que debían.

En 2016, con motivo del centenario del Banco de la Nación Argentina, ofrecieron créditos blandos para PYME. Los Butiuk también lo pidieron, para poder modernizar el tractor con el que contaban. “Para el mantenimiento de los yerbales necesitábamos algo más apropiado. Teníamos máquinas viejas, muy grandes, que no servían para el proceso que necesitábamos hacer. Compramos un tractor más bajo y chiquito, que nos permite andar entre las plantas, sin provocar daños”, cuenta Jorge.

Vista de los yerbales, desde el tractor que los Butiuk adquirieron a través del préstamo del BNA

“Lo que hizo por nosotros el IFAI sí fue una política pública diferenciada y bien enfocada, porque nos permitió avanzar con nuestra producción. El crédito del BNA, por el contrario, era general para PYME, en nuestro caso nos sirvió porque tenía tasas un poco más bajas que las que cobraba el mercado, pero no eran específicos para agricultores”, destaca.

Así, Dulce Beso fue progresando y sigue consolidándose. Se trata de una producción limitada, porque (por el tipo de proceso que requiere) deben tenerse demasiados kilos en stock para poder hacer una gran cantidad de yerba mate por mes.

De todos modos, los Butiuk sueñan con seguir creciendo, mientras aseguran que hoy aún no pueden autoabastecerse. “Para lograrlo, tendríamos que vender mínimo 30.000 kilos por mes, que son 360.000 kilos en el año. Como se necesitan más de dos años de estacionamiento natural, eso implicaría tener un stock de más de un millón de kilos. Si se considera que el kilo de canchada está a $32, se trata de una suma muy grande para poder aguantar. Por eso seguimos siendo chicos, pero nos vamos instalando. Gracias a Dios, pudimos comprar otra chacra. Hoy tenemos 50 hectáreas de yerba propia y 130 de chacra”.

La familia y la marca

En todo el proceso está muy presente la familia: su mujer, María Angélica, y sus hijas Anahí, de 17 años, y Jésica, de 19. Jorge también tiene dos hijos varones de su primer matrimonio (Jorge, de 29 años, y Esteban, de 27) que no viven con él.

Sobre el emprendimiento, cuenta María Angélica: “En el año 2007 pudimos hacer llegar la luz a la chacra, porque hasta ese momento, ante la falta de energía eléctrica se trabajaba con grupos electrógenos para poder procesar la yerba en el secadero y llevar adelante las labores. En ese momento, nos vinimos a vivir al campo y dejamos el pueblo de Apóstoles”.

Los Butiuk tienen un sistema comunitario y trabajan entre toda la familia. Las tres lo ayudan a Jorge en todas las actividades de la yerba, como medir la leña, hacen labores administrativas, al tiempo que llevan adelante las tareas de la casa.

Jésica estudia diseño gráfico en la Facultad de Arte y Diseño en Oberá, está por comenzar su segundo año de carrera. Consultada sobre su participación en estas labores, dijo: “Yo ayudo en la parte de molinería. A futuro, me gustaría que este emprendimiento familiar se mantenga, que siga creciendo y pueda mejorar”.

Cuando surgió la marca de la yerba, ella era una pequeña de alrededor de siete años, a quien ya le gustaba dibujar y pintar. En aquel momento, sus padres le mostraron las palabras “Dulce Beso”, y ella dibujó libremente. Debajo de la primera palabra bocetó un mate con una bombilla. Debajo de “beso”, plasmó unos labios. Después le pidieron que agregase una bolsa de yerba y una pava. “Aún conservamos ese primer diseño original del packaging. Y guardamos como un tesoro ese dibujo”, cuenta orgullosa la madre.

El envase de la yerba mate «Dulce beso», diseño de Jésica, la hija mayor de la pareja

Anahí, por su parte, está por comenzar ahora el último año de la secundaria. “En mi caso, también colaboro en la parte de molinería, en el empaquetado de la yerba. En mis planes, a futuro, espero que podamos seguir trabajando juntos para que se mantenga la calidad de la yerba que producimos y que logremos continuar creciendo”, agrega.

Relación con FAA

Durante su labor como docente, Jorge estaba agremiado en la Asociación de Maestros de Enseñanza Técnica (AMET), época en la que tuvo una activa participación en defensa de los derechos de sus pares. Luego, como productor, comenzó a ver las dificultades que debían superar los pequeños productores, al tiempo que recordaba los comentarios de su abuelo, que le decía que la actividad implicaba una gran lucha, pero siempre los poderosos obstaculizaban el desarrollo de los pequeños. Por eso se acercó a la Federación Agraria Argentina y participó de la creación de la filial de Misiones de la entidad. “Era el lugar desde el cual luchar por los derechos de los agricultores más chicos. Desde que me sumé, le puse pecho y corazón. Siempre participé de las actividades, con el apoyo de mi familia, que me permitía derivarles las actividades del emprendimiento. Nunca mis peleas fueron individuales, así que, desde esa convicción, participo en la entidad. Creo que hay que reestructurar el esquema del INYM para que todo sea más justo. Hay que regular toda la cadena de producción hasta el consumidor, para que no solo rija la ley del dinero. Y para eso hay que luchar muy fuerte. Hay que lograr que haya justicia y todos los eslabones ganen 20 o 30%, y no siga pasando que los productores no ganen nada y los demás saquen un 200 o 300% a expensas del otro”, asegura Jorge.

Acerca del futuro

Además de ese escenario deseable, en el que los productores cobren un precio justo por su yerba, en lo particular, los Butiuk esperan poder adquirir una máquina automática para el envasado. También desean continuar con la tradición familiar de elaborar una yerba artesanal, exclusiva y de calidad, manteniendo las mezclas y el método con el que a lo largo de la historia vienen trabajando.

Además, esperan poder comprar otro lote pegado a su chacra, para completar las 100 hectáreas, y anhelan armar una especie de parque natural dentro de su predio. Al respecto, concluye Jorge: “Si avanzamos hacia la elaboración de una yerba totalmente ecológica, libre de agroquímicos, podremos tener todos esos animalitos. Somos muy respetuosos de la fauna y queremos poder cuidar a las distintas especies y a la naturaleza en general”.

Visitantes de la feria MateAr degustan la yerba mate «Dulce Beso». En el stand atendido por Butiuk

Caso escrito por: Vanina Fujiwara – Corresponsal Coprofam en Argentina.

[1] El sapecado es la exposición de las hojas verdes de la yerba mate al fuego intenso. Este proceso se realiza para reducir la humedad y detener el proceso natural de oxidación de la materia prima.

[2] La yerba canchada es la yerba mate sometida a una primera molienda gruesa. Luego de esta etapa, se procede al estacionado para molerla nuevamente, tras lo cual se la comercializa.