Posada El Capricho: la perseverancia de una familia

La Quebrada de los Cuervos es un accidente geográfico que se parece a una enorme garganta abierta, atravesada por el arroyo Yerbal Chico, en medio de una de las serranías más agrestes y exuberantes del Uruguay, en el departamento de Treinta y Tres. Fue incorporada como “paisaje protegido” al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). Su topografía serrana de rocas metamórficas presenta alturas de hasta 300 metros sobre el nivel del mar y su denominación proviene de la presencia abundante del cuervo de cabeza roja.

Enclavado en ese “paraíso escondido” del este del país, se encuentra la Posada de Campo “El Capricho”, un emprendimiento que lleva adelante Ana María Alvarez junto a su familia, desde hace 22 años.

La Posada con el marco de la Quebrada de los Cuervos

Los orígenes

Ana María se instaló en ese lugar en 1989 con sus hijos pequeños: el mayor de 9 años, otro de 6 y el menor de 4 años. “Mis hijos empezaron a concurrir a la escuela rural número 10, ubicada a tres kilómetros de mi casa. Los maestros no se animaban a ir con los niños a hacer el paseo al parque de la Quebrada de los Cuervos, porque no estaba apto para todo tipo de visitas, todo lo que había era un galpón de terrón y era un lugar riesgoso”.

“En 1995, mi hijo mayor estaba cursando escuela técnica (UTU) por lo que vivía con mis padres en la ciudad de Treinta Tres. Mi papá falleció ese año y yo tuve que irme a la ciudad para ayudar a mi mamá que tenía 75 años. En 1996, mi segundo hijo ingresó también a UTU, así que íbamos al campo los fines de semana. En noviembre de ese año la intendencia de Treinta y Tres inauguró el parque nuevo de Quebrada de los Cuervos y la profesora de geografía de mi hijo organizó una excursión con todo el grupo para visitar el lugar. Ese fin de semana fuimos a la Quebrada y mi hijo invitó a sus compañeros a almorzar a nuestra casa, que era una casa de campo, sencilla”, recuerda Ana María.

Encantada con el lugar y el paisaje, la profesora —que además era guía turística— le propuso a Ana María acondicionar un espacio de la casa para llevar allí excursiones con visitantes, pensando también en incluir en la tarea a los hijos de ambas.

“Lo más difícil en ese momento, fue conseguir el dinero para comprar materiales para los arreglos. Teníamos unos pocos pesos, con los que empezamos a trabajar el emprendimiento: entre todos pintamos, decoramos, armamos mesas, bancos… Y con el apoyo de la familia y vecinos conseguimos los utensilios de cocina para brindar los almuerzos. Así, el 20 de diciembre de 1996 realizamos el primer servicio”, cuenta.

Al inicio, se obtenían ingresos por el servicio de gastronomía y hospedaje, incluyendo una recorrida por el parque.

En 1997, solicitaron apoyo a la intendencia de Treinta y Tres para armar un salón nuevo y mejorar la infraestructura y allí fueron asesorados técnicamente y elaboraron un proyecto para un préstamo que presentaron ante el Banco de la República Oriental del Uruguay (BROU). “Costó mucho que nos dieran el préstamo porque lo presentamos como turismo, no como productores rurales. Habíamos pedido un año de gracia, que el banco no concedió. Con ese dinero compramos los materiales para la remodelación, aportando la mano de obra la familia y amigos, que es un valor agregado”.

Con el tiempo, se fueron renovando y modificando las instalaciones de la posada: se construyó una cocina industrial donde se elaboran productos de panadería y se está armando una planta de procesamiento de alimentos artesanales, donde también podrán elaborar sus productos otros productores de la zona. Además, el establecimiento cuenta con 5 cabañas que tienen 26 camas y sobre fin de año llegará a 32 camas.

“Fueron muchas las dificultades, pero la más grande fue la lentitud con la que nos desarrollamos, porque cuando buscamos apoyo no lo encontramos”, sostiene.

Tejiendo redes

En la oficina de desarrollo de la intendencia de Treinta y Tres, Ana María conoció a una integrante de la Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay (AMRU) que la conectó con la organización, lo que les permitió conocer otras organizaciones (Comisión Nacional de Fomento Rural, Red de Semillas Nativas y Criollas, Red de Agroecología) y empezaron a trabajar con ellos en redes en otros temas que aportan y han sido muy importantes para la experiencia, como capacitación en conservación de alimentos, tener conocimientos sobre agroecología, cultivar y preservar semillas nativas. También a través de AMRU participaron en la Mesa Criolla (feria de agroalimentos artesanales) junto a diez grupos de mujeres del departamento de Treinta y Tres, obteniendo premios a la innovación, lo que despertó la avidez por realizar cursos en esa región.

Lo que ofrece el lugar

“Además de disfrutar de la naturaleza, de la tranquilidad, del paisaje (estamos sobre un cerro a la mitad de las sierras, lo que permite apreciarlo tanto en el día como en la noche), siempre estamos innovando. Por otra parte, elaboramos productos caseros (dulces, mermeladas, etc.). Los clientes se ven atraídos por todo eso y vuelven”, cuenta Ana María.

El establecimiento ofrece a los visitantes diferentes paseos: uno a la escuela y la policlínica, otro a una cueva natural y otro a la huerta que trabaja la familia.

Los aprendizajes

“El mensaje que les doy a los jóvenes es que hay que perseverar, no se consiguen las cosas de un día para el otro. Aprendí a que te miren como productor; aunque me costó mucho por ser mujer, porque las propuestas para conseguir un préstamo si las presentaba una mujer no valían. Eso cambió, pero a medias, porque hoy en día si te presentas como la dueña de un emprendimiento, para conseguir el préstamo tiene que venir tu esposo primero a firmar. Esas son las cosas que tenemos que insistir para que cambien, para que el proyecto sea visto de la misma manera, así sea presentado por una mujer o por un hombre; en ese sentido sigue habiendo discriminación”, reflexiona.

Ana María en su huerta

Los apoyos

“En el año 2006 nos invitaron a formar la Cooperativa de Quebrada de los Cuervos. Desde su fundación la cooperativa tuvo el apoyo fundamental del ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. También a través del ministerio de Turismo recibimos cursos, pudimos participar en ferias y mostrarnos en esos lugares. Pero falta coordinación, creo que si se juntaran y coordinaran los ministerios que tienen que hacerlo, podríamos desarrollar lo que realmente necesitamos y vivir en un país mucho mejor; hay mucho para trabajar todavía”.