17 diciembre, 2018

Ser campesino o campesina significa tener conciencia de clase

En Paraguay, se está perdiendo una de las riquezas más valiosas que constituye la base de sobrevivencia y soberanía alimentaria, la clase campesina. La Agricultura Familiar Campesina (AFC) no es reconocida por la fundamental función que desempeña, por un lado, como la mayor proveedora de alimentos en cuanto al volumen, diversidad, calidad, inocuidad y, por otro, como el único modelo capaz de proveer alimentos frescos y nutritivos para la población, pero se encuentra amenazada por un modelo destructivo que busca monopolizar la producción de alimentos, con altos costos para el medioambiente y la vida.

La clase campesina permanentemente está sufriendo persecuciones, poco a poco arrasada y expulsada de su territorio por los agronegocios, principalmente los grandes productores de soja. La agricultura empresarial o agronegocios es un modelo de producción inhumano, que trae consigo el uso intensivo de la tierra y el agua, la deforestación y destrucción de arroyos y ríos y con consecuencias sobre la biodiversidad, el aire y el suelo por la utilización de pesticidas, herbicidas, semillas transgénicas y los fertilizantes químicos. Las ganancias financieras llevan las grandes compañías extranjeras, pero los altos costos en lo económico, ambiental y social, tarde o temprano, serán pagos por la población local.

La agricultura empresarial, en la última década, ha aumentado tres veces el área cultivada a costa de la agricultura familiar campesina e indígena y de los escasos restos de bosques. Las empresas sojeras recurren a varias estrategias ilegales para acceder a la tierra y aumentar el monocultivo sobre las comunidades, siempre con respaldo del Ministerio Público y la policía, como es la expulsión mediante contaminación por la aplicación intensiva de agroquímicos. Los desiertos verdes de la soja han ganado el lugar de muchas comunidades expulsadas de sus tierras.

Con la estimativa del crecimiento de la población paraguaya, se prevé el aumento aproximado de 8.00.000 personas para 2.025, resulta necesario y urgente reconocer el lugar que le corresponde al campesino y campesina, es decir, la AFC como un modelo de producción sostenible con potencialidades para erradicar el hambre y la pobreza, mediante la provisión de alimentos sanos para las ciudades, generador de empleos en las áreas rurales y fuentes de ingresos a los agricultores. Por lo tanto, fortalecer la AFC significa el aumento en la oferta de alimentos y la consecuente reducción de los índices de desempleo, pobreza y desnutrición de la población.

En la actualidad, la AFC provee más del 80 % del total de los alimentos tradicionales e indispensables que son consumidos, por lo menos, tres veces al día. En el país, se estima la existencia de un total 260.000 fincas que son consideradas como explotada por la AFC. En términos de superficie, la AFC solo representa el 6% del total del área cultivadas. El campesino o la campesina debe remar contra el viento y la marea, ante el gran dilema: aumentar la producción en la misma cantidad de tierra para satisfacer la demanda de alimentos con el aumento de la población.

Al mismo tiempo, deberá enfrentar una campaña de persecución, intimidación y criminalización de la figura del campesino o campesina impulsada por los grandes productores de soja, con la ayuda de los principales medios de comunicación. El campesino o la campesina personifica a una forma de producir, una sociabilidad, una cultura, pero sobre todo un actor social que se ha conquistado, mediante la lucha, su lugar en la historia. Ser campesino o campesina pueden significar muchas cosas, pero ante todo significa tener conciencia de clase: compartir una experiencia de lucha trágica y gloriosa, participar de un proyecto común en igualdad de condiciones, asumir y defender una identidad propia.