Sala de faena de Arequito: un proyecto integral enfocado en el desarrollo rural de pequeños productores santafesinos
Un proyecto que surgió en una reunión de socios de la filial Arequito de Federación Agraria Argentina se hace realidad: la sala de faena de animales pequeños lista para mejorar las condiciones de trabajo de cientos de familias.

Una noche de 2012, en una reunión a la que asistían alrededor de quince socios de la filial Arequito (provincia de Santa Fe) de la Federación Agraria Argentina, surgió entre los presentes una idea, a partir de una necesidad. Muchas familias de la zona requerían una solución porque hacían animales pequeños, en pequeña escala, y debían terminar faenando para la venta en sus domicilios, sin poder cumplir las normativas sanitarias vigentes. “En ese encuentro estaba Luis Contigiani, que es de la zona y en ese momento era secretario de Agricultura de la provincia. Así surgió la idea de avanzar con una sala de faena en la zona”, recuerda Walter Bozikovich, miembro de la filial y uno de los productores que impulsaron el proyecto.
“A partir de ese momento, lo que nació como una idea de FAA, se amplió y contó con el apoyo de autoridades provinciales y comunales. Se trató de un proyecto que nos llevó varios años para construir y dejarlo con la habilitación provincial y el sello de calidad, que sería la agencia Santafesina de Seguridad Alimentaria (ASSAL). De ese modo, cada productor que tenga en su casa una pequeña producción de cerdos, de pollos, conejos, chivos, corderos, lechones o pequeños animales, tendrá mejores posibilidades, al contar con mayor seguridad para la venta, porque esto tiene trazabilidad y sello de la sanidad a nivel provincial”, agrega Jorge Lombi, quien además de ser pequeño productor y uno de los que llevó adelante el proceso, cumple funciones como secretario de agricultura en la comuna local.

“También la sala dará respuesta la necesidad de los vecinos a los que les gusta consumir un animal en fresco, criado a campo y artesanal (con todas las ventajas que tiene un animal criado a campo en una granja). Aquí le damos una seguridad sobre el alimento al consumidor, mientras que le damos la solución al productor que tiene un lugar que no sólo cumple con todas las reglas, sino que también le da trazabilidad y seguridad en la venta de sus productos”, agrega Walter.
Durante el proceso para concretar la sala, Gerardo Manoni fue otro de los federados que participó, y cumplió un rol clave para hacerla realidad. Él era presidente de la filial y en ese tiempo, visitó otras salas de faena y estuvo a cargo de participar de las reuniones con la comuna.
Como el proyecto nació en presencia del secretario de agricultura provincial, que había implementado salas similares en otras localidades santafesinas, él les acercó los requisitos y condiciones para que la iniciativa avanzara y se pudiera llevar adelante. “Nos juntamos con la comuna para que consiguiera un terreno apto para poner esa sala de faena en la zona industrial. Después de hallarlo, la comuna lo cedió, así que luego de ponerlo en condiciones de instalación de luz, agua y gas, se formalizó la presentación del proyecto ante la provincia”, recuerda Jorge y precisa: “Luego, la provincia fue girando los fondos a la comuna que era la que se encargó de hacer los planos, así como también con todo lo vinculado con el avance de obra como la construcción de las paredes primero, techarlo, hacer los corrales. Todo esto con la supervisión del arquitecto comunal y llevado adelante con mano de obra completamente local. Luego se fue llenando de las máquinas necesarias para trabajar: las sierras, las balanzas y todo lo inherente al proceso como gancheras, máquinas para calentar agua, etc. Todo fue a través de los fondos que la provincia le giraba al municipio, que tenía una cuenta especial para eso. La comuna puso mucho, porque siempre sucedía que esos fondos eran insuficientes para alguna cosa, así que aportaba las diferencias que faltaran. O quizá la provincia mandaba para los materiales y la comuna iba poniendo la mano de obra, hasta que se logró tener un edificio, unos corrales y la infraestructura acorde a lo que tenía el proyecto”.
Con el tiempo lograron dotarla de todas las maquinarias necesarias en una sala de faena para pequeños animales y multiuso: tienen peladora de pollos, sierra para cortar los animales, peladora de cerdos, balanzas, espacio para lavado, la sala de frío, por ejemplo.
Pero el proyecto de la sala no termina ahí. Por el contrario, lo consideran el inicio de un circuito virtuoso para el pueblo. Cuenta Walter: “Además, buscamos articular con el Centro de Formación Rural (CFR) Roberto Coll Benegas, que es una escuela agrotécnica con modalidad alternancia de Arequito. Entonces en nuestro proyecto pensamos que en la escuela se capacite a los chicos para que lo que aprendan acerca de las posibilidades de la sala en ese ámbito, les permita y los incentive para realizar proyectos que luego puedan hacerlos propios las familias en los campos. De ese modo, las iniciativas que surgen en el CFR, toman cuerpo en las casas y pueden tener respuesta a través de la sala. Es decir que en el proyecto incluimos con mucha fuerza esta pata educativa, que sabemos será transformadora para la zona”.
En este sentido, cumple un rol muy importante Juan Ignacio Augusto, que es un médico veterinario que no sólo presta servicios en la sala, a través de la comuna, para todo lo que tiene que ver con la sanidad de los animales, sino también es profesor en el CFR. “Soy veterinario y docente en el CFR, que tiene una modalidad de alternancia, lo que significa que los chicos están dos semanas en la escuela y luego dos semanas en su casa, haciendo en forma permanente trabajo profesional; eso implica que los chicos tienen organizado el día en los momentos: un momento para hacer las tareas y otro para trabajar en donde elija; obviamente que hay determinadas pautas referidas al lugar. Por eso, buscamos que se pueda avanzar con proyectos que se puedan llevar adelante en la sala”, indica Juan Ignacio.

Y prosigue: “Desde mi perspectiva, la sala es un proyecto muy interesante, tanto desde lo profesional como desde lo que es la docencia. Y hablo en primera persona porque me invitaron a participar de charlas desde el inicio de la iniciativa… Si bien no fui un gestor del proyecto, sí estuve participando en capacitaciones, dando opinión y apoyando más que nada a las personas que estuvieron a cargo de gestionar todo lo que se hizo, que la verdad que es muchísimo”.
Como sucedió con muchas cosas en Argentina, las restricciones impuestas por la pandemia desde marzo de 2020, abrieron un compás de espera en la sala. Pero todos los productores de la zona esperan ansiosos poder ver cómo funciona a pleno. “A la fecha, la administración de la sala la tiene la Comuna, porque no largamos la actividad a pleno. Falta que lleguen algunos fondos para concluir algunas cosas, y eso sumado a la pandemia hicieron que no hayamos podido comenzar a trabajar como queremos. Y por eso aún necesitamos de la Comuna porque hay que pagar los sueldos del veterinario y de los empleados que deben estar allí. Pero sabemos que una vez que esto suceda y que podamos avanzar con las capacitaciones a los productores, que daremos desde FAA, podremos lograr que la comuna pueda dar un paso al costado para dar lugar a una administración en manos de una comisión, con un formato de tipo cooperativo, en el que sí haya un lugar para la comuna, pero junto a los productores”, relata Jorge.

“En nuestro proyecto, la idea es que el productor pueda pagar un canon por pieza procesada, lo cual permitirá el funcionamiento autónomo de la sala. Pero por la pandemia y la crisis económica, por ahora está todo un poco frenado, porque lamentablemente hay muchos productores de la zona que tuvieron que deshacerse de muchas madres, así que eso también afecta a la zona”, cuenta Walter y agrega: “Para el proyecto, los productores no pusimos dinero, todo dependió de la parte pública. Ahora a través de ASSAL que depende de la provincia se está concluyendo el trámite para lograr el sello de trazabilidad del frigorífico. Por nuestra parte, debemos avanzar con las reuniones de capacitación con los productores, que serán presenciales cuando se puedan, en todo lo inherente a cómo trabajar con los animales para asegurar la sanidad que requerimos para operar. Asimismo, pensamos que a futuro esas capacitaciones también serán sobre cuestiones vinculadas con la alimentación, por ejemplo, para que todos los animales cumplan determinados estándares. Por eso siempre decimos que es un proyecto integral, porque no estamos pensando sólo en la faena… queremos capacitar a los productores para que sepan cuál es la mejor alimentación, la mejor forma de crianza para hacer una matanza correcta, el manipuleo del animal para que no llegue estresado ni en malas condiciones a la sala de faena. Todas esas cosas que hacen a la industria frigorífica”.
En cuanto al rol de FAA en este proceso, la entidad no participará del funcionamiento de la sala, pero si colaborará en la publicidad de sus actividades y en la capacitación y educación. “Desde Federación Agraria contamos con muchos asesores, hay gente que puede venir a dar charlas para capacitar a los productores de modo de ir avanzando en ese criterio común al que queremos llegar. Buscamos que a través de esa capacitación se puedan lograr mejores condiciones para el trabajo y la rentabilidad, para que no sea solamente un proyecto comercial sino una mejora integral para todo el pueblo”, indica Walter.
Al momento han realizado algunas faenas de prueba, especialmente durante la época de las fiestas, a fin del año 2020. En ese momento, el CFR faenó pollos que se volcaron al pueblo, para consumo local. También algunos chivos. “En este momento en que cayó el consumo de carne vacuna en el país, crece el rol de las carnes alternativas, por lo que sería fundamental que podamos trabajar a pleno, para que la gente pueda consumir el producto local que implique mano de obra local, producto más fresco y más saludable”, indica Jorge.
“Hoy, un pollo que comemos acá, generalmente viene del centro de Entre Ríos. Es decir que se crió en otra provincia, vino en un camión congelado por 200 km y pasó por quién sabe qué procesos. Esto mientras que acá hay más de quince productores locales que producen pollos de muchísima calidad, de manera más artesanal, sin hormonas, sin agregarle hielo ni otras ‘picardías’ de las que suelen existir en los productos más procesados”, dice Walter. Y agrega: “Estamos fervientemente convencidos de la necesidad de cumplir con los objetivos con los que nació la sala: que podamos comer una manera más sana, más exquisita, hecha por productores de acá; que cualquier familia le pueda decir a su hijo ‘vos cría en el fondo de casa, armá un microemprendimiento con el animal que te guste o puedas, que después vas a poder comercializarlo sin tener que matarlo en malas condiciones o venderlo escondido porque no cumpliste las reglas’. Gracias al sello de la ASSAL, cualquier familia podrá tener un sustento económico por más mínimo que sea, con la producción y comercialización de algún pequeño animal y lo podrá vender en una carnicería o a través del puerta a puerta; en un hipermercado, o como está en boga hoy, por internet o por teléfono. Eso sabiendo que se trata de un producto sano: si es un cerdo sin triquinosis, si es un pollo, sin hormonas o salmonella, etc. Así, se logrará darle tranquilidad al público sobre lo que consume y a la persona que lo produce, dándole un sustento legal, técnico y encima económico. Ese es el sueño con el cual nació esa sala de faena desde la filial, que esperamos sea realidad pronto”.

Al respecto, añade Juan Ignacio: “Es tan abarcativo y tan extenso lo que puede generar la sala de faena, tan grande el círculo virtuoso capaz de producir, que creo que no se puede puntualizar. En lo referido a la integración con nuestro colegio, están dadas todas las condiciones para que, cuando pase el freno que nos puso la pandemia, podamos retomar la linda inercia con la que veníamos… hay que hacer algunas formalidades administrativas y vamos a poder ser la pata educativa vinculada con el proyecto. Buscamos poder volcar conocimientos, no solo a nuestros alumnos y sus familias (muchas de las cuales son familias rurales) sino también a todo aquel interesado, más allá del colegio: pequeños, medianos y grandes productores. Incluso, como hablamos con algunas personas de la comuna, en el periurbano del pueblo hay muchísima gente que, sin ser productor agropecuario, tiene su pedazo de terreno y realiza sus pequeñas actividades; así que la idea es llegar a todos los que les interese la cuestión de producir este tipo de producciones. Y enseñarles a producir, si fuese necesario, porque evidentemente lo que necesita la sala de faena es que lleguen animales de la región para poder funcionar bien. Y con quienes ya producen, hay que trabajar en la capacitación y el cambio cultural vinculado con la sala, explicando cómo es el lugar adecuado para faenar, por qué se usaron los materiales con los que se construyó y por qué se hizo de esa manera”. Y añadió: “Yo creo que abrirá una gran oportunidad porque muchos productores que lo hacen para sí o para amigos, tienen el problema de no poder llegar a grandes mostradores de las ciudades porque no tienen una faena regulada. En este sentido, la sala le permitirá aún al pequeñísimo productor poder crecer con un horizonte visible, antes de realizar una inversión; pero no sólo a ellos sino también a quienes quizá tienen una gran capacidad económica para invertir y crecer en lo que hacen y tal vez no lo hacen pensando dónde van a colocar su producción. Por eso digo que es infinito el círculo virtuoso y es mucho lo que podemos hacer”.
También tienen como objetivo poder realizar el trozado y el envasado al vacío, para mejorar las condiciones de comercialización, a través de la distribución en carnicería de cortes trozados. Todo para perseguir el gran sueño de que la gente se vuelque al campo, que es la idea central que los empuja.
Acerca de los protagonistas
Jorge cuando era chico vivía en el campo con sus padres. Se casó y cuando sus hijos comenzaron la escuela, la familia se trasladó al pueblo. Cuando su hijo creció, y viendo que a él también le interesaba la actividad agropecuaria, hace siete años aproximadamente, decidieron cambiar su vida y volver al campo. Cuando llegaron, luego de varios años deshabitado, trabajaron para poner en condiciones ese campo para montar su emprendimiento familiar. Así llegó a tener su granja, con su esposa y su hijo, que sumaron al cultivo de soja y maíz que hacían normalmente en ese espacio. Hoy tiene un microemprendimiento de animales que incluye corderos, chivos y pollos; también producen huevos. “Queríamos hacer como una granja que también sería autosustentable para nosotros. Inclusive la producción de maíz que hacemos ahí en el campo, la derivamos totalmente a los animales, haceos agregado de valor en origen. Eso mismo es lo que tratamos de hacer desde la FAA y desde la comuna: que la gente vuelva a la granja, vuelva al campo, porque ese es el motor principal para que la Argentina salga adelante. Cuando la sala esté operando completamente, el impacto será muy bueno para la zona. Creo que además va a ser muy importante unificar pautas de cria y alimentación, para que la mercadería que vendamos sea similar”, cuenta Jorge y agrega: “En el campo todos sabemos que tenemos altos y bajos, más allá de los gobiernos, sabemos que tenemos que seguir luchando por lo nuestros.
Por su parte, Walter nació en el mismo campo donde vive ahora, a 10 km de la zona urbana. Allí habitó con su familia hasta los 15 años, luego de que falleciera su padre y con su madre decidieran mudarse al pueblo. “En mi época de estudiante (porque además de productor soy abogado) venía al campo pero vivía en la ciudad. Después me casé a los 26 y volví al campo. Y desde ahí hasta ahora, hace 25 o 26 años sigo viviendo ahí. Tengo 4 hijos, un varón de 25, uno de 24, una nena de 17 y otra de 14. De los varones, uno está estudiando veterinaria porque le gusta el campo. Y el otro ya terminó la carrera de agronegocios, igualmente el estudio que hicieron no es para trabajar fuera del propio campo”, cuenta y añade: “Mi campo fue siempre mixto, y hoy sigue siéndolo, quizá con un poco más de profesionalismo porque técnicamente estamos un poco más preparados, tenemos todas las comodidades. En este año y medio de pandemia, realmente notamos los beneficios y la gran diferencia que logramos por vivir en un campo, donde tenés otra forma de vida, no sufrís el encierro. Cuando surgió el primer cierre por pandemia en el país, nos tuvimos que quedar encerrados, y eso hizo que al campo lo diéramos vuelta día a día: reacomodamos los galpones, los alambrados… porque estábamos las seis personas sin poder hacer cada uno su labor en el pueblo, con lo cual le dedicamos muchísimas horas al campo y eso hoy se nota. Con el tiempo eso fue cambiando porque cada uno sumó algunas actividades”. En el campo mantienen una producción mixta de vacas, cerdos, corderos, pollos, pavos reales, conejos y paralelamente, cada integrante de su familia tiene un emprendimiento: una de las hijas usa lo producido por los nogales del campo y desarrolló una iniciativa en base a nueces; otra cría conejos y los vende como mascotas, por ejemplo. “Es decir que cada uno tiene una opción personal que ingresa para su bolsillo y además todos trabajamos en el campo”.
Todos coinciden en que el impacto que tendrá la sala en la zona será muy importante, porque casi todos los vecinos llevan adelante producciones mixtas, por lo que esperan, confiados, que finalmente concluyan los aislamientos por la pandemia y lleguen los últimos fondos que esperan, para que este sueño, que ya es realidad, pueda comenzar a funcionar a pleno, para lograr el desarrollo de Arequito, el arraigo de sus jóvenes, el fortalecimiento del rol productivo de las familias y, sin dudas, de la región.
Caso de éxito elaborado por Vanina Fujiwara, corresponsal de COPROFAM en Argentina
















