Violeta Parra: El Arte de Bordar el Mundo Campesino y el arte de Cantar el Alma de Chile
“Practicó un arte en el que unificó sus instrumentos expresivos –pintura, alambre, cerámica, guitarra y voz– con su compromiso con los sectores marginados. Su capacidad creativa significó la voz de una cultura agredida que buscaba su reconocimiento. Hoy en día, Parra simboliza un momento en la historia de la cultura popular chilena, pero también hay que otorgarle a su figura el genio creador de una artista moderna, porque también innovó algunas formas culturales, lo que constituye una de las características del arte contemporáneo; incursionó en expresiones cultas (como fueron la suite de ballet “El gavilán” y las “Anticuecas”), y fue referencia de una nueva expresión cultural: la Nueva Canción Chilena, surgida en los años sesenta, que tuvo como base la recuperación de la música folklórica con una mirada intercultural y de crítica hacia los cambios sociales y políticos del país, además de la incorporación de ritmos e instrumentos del área hispanoamericana. Por lo tanto, obra y vida de Violeta Parra constituyeron un motor de cambio para las generaciones futuras, además de un mensaje de resistencia ante estrategias de dominación cultural y económica”. Edith Vargas Jiménez.
“La creación es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta”- dijo Violeta, dejando al descubierto las mil posibilidades de un espíritu libre que busca por los caminos pedregosos y polvorientos de Chile, el sentido de la poesía popular y el significado de siu música. El 5 de febrero de 1967 queda marcado a fuego en la cultura rural. Violeta Parra, de 49 años, se disparó un balazo de revólver en su carpa situada en Avenida La Cañada esquina de Toro Zambrano, en la comuna de La Reina. El amor y desamor habitan el mismo corazón. Violeta Parra es de barro. Violeta Parra es de piedra.

En San Fabián de Alico o San Carlos, actual Región de Ñuble, el 4 de octubre nace en San Carlos, Violeta del Carmen Parra Sandoval, hija de Clarisa Sandoval, campesina, y de Nicanor Parra, profesor de música. Tierra accidentada poblada por campesinos y arrieros, por abundantes caprinos, marcada por el intercambio comercial, por bandidajes, abigeato y contrabando. Refugio de los hermanos Pincheira, bandidos históricos, ruta del General Bulnes con su ejército de mil soldados que fue a librar la última batalla contra el realismo español junto a la laguna de Epulafquén.
El San Fabián de fines del siglo XIX contaba con dos bodegas, cuatro baratillos, treinta expendios de bebidas alcohólicas, siete molinos, tres carpinterías, tres herrerías, cuatro tiendas de mercaderías surtidas y seis zapaterías. Y como telón de fondo la música del profesor y padre de Violeta. Los parceleros vivían de sus chacras y de la crianza de animales. En los fundos su cultivó trigo y avena- recuerdan los más antiguos. En los cerros se cortaba madera para carbón y tablas para la construcción.
El comercio era reducido al intercambio de productos entre arrieros y gauchos. Como productos de primera necesidad el charqui, la yerba mate, el jabón, la grasa y los aperos. “La identidad sanfabianina se impregnó de ambas culturas chilena y argentina, del orgullo de ganarle al clima, a la montaña, al puelche, la ventisca y la sequía, de resistir los temblores y sacudidas de la tierra”- cuentan en el municipio.
En la soledad cordillerana surgieron numerosos cantores poetas que amenizaron las noches estrelladas y que agradecieron a la vida con sus tonadas junto al fogón. Nicanor y Violeta Parra, artistas de fama mundial, nacieron en Las Guardias- dice el sitio web del municipio.
Cuentan que la madre de Violeta –Clarisa Sandoval Navarrete– afanaba en la máquina de coser para apoyar los gastos de la casa. Que, al caer la tarde en el campo de la antigua provincia del Ñuble, los hermanos cantaban a dúo y a trio y se entretenían disfrazándose y que el padre –profesor rural de música– apenas se las batía para alimentar a la prole.
Violeta tocaba una serie de instrumentos musicales: guitarra, guitarrón chileno, charango, percusión, cuatro, quena, arpa. Sus familiares de origen campesino fueron inquilinos, capataces, viñateros, rondines, etc. De su primer matrimonio, doña Clarisa quedó con dos hijas, pues ella era viuda antes de casarse con Nicanor Parra, unión que permitiría el nacimiento de nuevos hijos.
“Mi madre cantaba las hermosas canciones campesinas, mientras trabajaba frente a su máquina de coser, aunque mi padre no quería que sus hijos cantaran, -cuando salía de su casa escondía la guitarra bajo llave-, yo descubrí que era en el cajón de la máquina de mi madre donde la guardaba y se la robé. Tenía siete años. Me había fijado como él hacía las posturas, y aunque la guitarra era demasiado grande para mí, y tenía que apoyarla en el suelo, comencé a cantar despacito las canciones que escuchaba a los grandes. Un día mi madre me oyó y no podía creer que fuera yo.” un arte que no parte de lo culto o lo intelectual, que no surge de un mundo letrado”. Ella cultivó la tradición oral de forma individual, pero profundamente enraizada en una tradición popular.
Violeta trabaja en circos populares. Junto a sus hijos realiza giras por el país y por los alrededores de Santiago. Impulsado por su hermano Nicanor comienza a rescatar, recopilar e investigar la auténtica música folclórica chilena. Abandona su antiguo repertorio y realiza recitales en las universidades presentada por el hombre de letras, Enrique Bello Cruz.
En 1962, En junio se reúne con sus hijos en Buenos Aires y se embarcan juntos a Europa, invitados al Festival de la Juventud, en Finlandia. Viajan por la Unión Soviética, Alemania, Italia y Francia. Se establece en París. Los Parra de Chile ofrecen recitales en radio y televisión. Borda arpilleras y hace esculturas en alambre. Expone en el Louvre, París. Vive con Gilbert Favre en Ginebra, donde ofrece recitales en teatros y estudios de televisión junto a sus hijos y nieta. Expone su obra plástica. Reparte su tiempo entre Francia y Suiza.
“El dolor no puede ser cantado por una voz académica, una voz de conservatorio. Tiene que ser con una voz sufrida, como lo es la mía, que lleva 40 años sufriendo”. Esta confesión es de la propia Violeta en una entrevista que le hiciera el profesor Mario Céspedes en la Radio Universidad de Concepción en 1960. Su obra remeció el folclor chileno: empujó a un segundo plano el costumbrismo que solía dominar la escena, para enseñarnos que la vanguardia puede hallarse en el centro mismo de nuestro territorio y su gente.


