Agricultores familiares tucumanos asociados para mejorar su calidad de vida y su producción

Tucumán ha sido históricamente, productora de caña de azúcar. Miles de familias vivieron y trabajaron en ese cultivo. Pero la crisis azucarera que deprimió los precios sostenidamente desde 2007, en 2012 generó la inquietud entre los productores de buscar alternativas. Aquí, la historia de la Cooperativa Dulce Esperanza, fundada por agricultores familiares para diversificar su producción, sus condiciones de vida y pensar en un futuro mejor.

Luis Barrojo es síndico de la cooperativa Dulce Esperanza, y miembro de la filial de Federación Agraria Argentina de Simoca, provincia de Tucumán. Así comienza el relato: “Yo siempre fui cañero. Mis abuelos, con quienes vivía en la zona de Buena Vista (a 8 km de la ciudad de Simoca), se dedicaban a la horticultura en muy pequeña escala, para diversificar. Nosotros vendíamos directamente a la industria. Hacíamos la cosecha manual y se contrataba mucha mano de obra”. En aquel momento, con su familia tomaban trabajadores golondrina, familias enteras que llegaban desde Santiago del Estero a trabajar en la cosecha y se dedicaban a cortar la caña y la cargaban en los carros para poder trasladarla en tractor por 20 km para llevarla hacia la fábrica. Pero al tiempo comenzaron a tener problemas para conseguir esa mano de obra, lo que les dificultaba la entrega de materia prima a la industria. “Nosotros no teníamos las condiciones económicas para mecanizar e intentamos semimecanizar, para que la gente solamente la cortara y se la cargara usando máquinas. Pero después llegamos a un punto en que nos costaba conseguir hasta eso. Y los recursos para poder mecanizar los procesos no los teníamos, ni conseguíamos las máquinas para nuestras parcelas, que eran muy pequeñas de 1 o 2 hectáreas. Así, llegamos a un punto en que tuvimos que buscar otra alternativa. Todo eso, sumado al mal precio y a la mala cosecha, porque las heladas te bajaban los rendimientos culturales de la producción y el precio era aún menor, por lo que los rendimientos culturales eran inferiores a los que estipulaba la industria, se pagaba menos por la producción” continúa contando Luis. Cuando asumió la responsabilidad de la producción familiar, se dedicó sólo a la caña de azúcar y dejó de lado la horticultura, pero la crisis azucarera lo dejó prácticamente en la quiebra. Entonces empezó a investigar y ver qué podía hacer para recuperarse. “Analizamos todos los cultivos por cuestiones de precios y por cuestiones climáticas. Este proceso comenzó individualmente, porque prácticamente no nos conocíamos, pero muchos comenzamos a asistir a reuniones que se hacían a través de otras cooperativas, o lo que era el área de Agricultura Familiar en aquél tiempo, y así empezamos a encontrarnos”, recuerda.

Por su parte, Mario Montero es presidente de la Cooperativa y también integra la filial federada. Añade: “En nuestra familia pasamos y algunas situaciones parecidas a las que contó Luis. Mi padre era cañero, socio de una cooperativa local adherida a la FAA, así que su producción la vendía a esa cooperativa. Hasta el 2008 o 2009 veníamos subsistiendo por herencia cultural con la caña, pero en esos años ya comenzamos a buscar alternativas”. En su caso, no sólo se trataba de hacer frente a las dificultades que planteaban las heladas, los costos de fletes y el bajo precio de la caña. Como no tenían tractores, debían trasladar su producción en carros o conseguir transporte, por eso solían vender a través de la cooperativa, que retiraba de su campo la materia prima y la trasladaba. Pero en un momento ya tampoco fue suficiente. Cuenta: “Entonces apostamos a la diversificación para pasar de caña a maíz, sandía y algo de huerta, como zapallito tronco, que podíamos vender en el mercado local que es la feria de Simoca, los días sábado. Eso nos ayudaba a tener algo de rentabilidad durante la semana. Y así podíamos subsistir da alguna manera, porque la verdad es que no era nuestra actividad primaria sino era la ‘vuelta’ que encontramos para poder seguir adelante con la actividad”.

El lapso transcurrido entre la crisis azucarera y 2012 fue de una transición muy dura para las más de 2000 familias de pequeños productores; muchos perdieron sus campos y muchos otros lucharon a brazo partido para que eso no les sucediera. Fueron tiempos de endeudamientos, de corridas para afrontar los compromisos asumidos, signados por industrias que buscaban aprovechar la situación ofreciendo muy bajos montos para arriendar esos campos. Eso implicaba mayores dificultades para los productores, por lo que trabajaban denodadamente para no caer en ese circuito, quizá en otras actividades fuera de la producción. Así, muchos campos quedaron abandonados por un tiempo, porque a los agricultores no les convenía trabajarlos, o tenían que buscar otros ingresos, lo que hacía casi imposible contar con recursos para volver a reinvertir o resembrar.

Finalmente, en el año 2012, llegó a Tucumán el Programa Nacional de Interlaboratorios de suelos agropecuarios, PROINSA, que tenía como objetivo “mejorar la calidad de los resultados analíticos de los ensayos de los laboratorios de suelos de la República Argentina, públicos y privados”. El mismo hacía sido creado a través de la resolución 175/09 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación[1], basado en el principio de una participación amplia. “Ese programa mandaba técnicos a los territorios a relevar información y dialogar con los productores, en reuniones y de esa forma nos empezamos a conocer los que hoy formamos la cooperativa Dulce Esperanza. Cada uno pertenecía a un territorio o a un grupo”, señala Luis.

Así, quienes llegaban a la provincia con el objetivo de analizar y mejorar la calidad de los cultivos de los productores, se encontraron con que la mayoría de ellos ni siquiera tenía cultivos. Entonces decidieron, además de cumplir con lo que les solicitaba el programa, ir acompañando a los productores para que pudieran tener una parte de caña (los asesoraban para mejorar la producción con nuevas tecnologías y con nuevas variedades) y también los ayudaban a diversificar el cultivo. Gracias a eso, muchos volvieron a poder apostar a la caña con nuevas tecnologías, con nuevas variedades y mejoraron su rendimiento; y otros se volcaron a la diversificación.

En cuanto al programa, añade Mario: “Se hacían reuniones llamadas regionales, Morteros – Simoca, que eran los dos departamentos donde mayor concentración de minifundistas había. Éramos alrededor de 2700 pequeños productores de la agricultura familiar (bastante para la zona), donde comenzaron a hacerse distintos tipos de talleres e intercambios. Así nos encontramos varios compañeros y nos dimos cuenta de que estábamos en la misma situación, pese a ser de regiones diferentes. Yo era de Jardín, a 4 km de la ciudad de Simoca, cerca de la zona oeste. De este modo nos dimos cuenta de que había que encontrar una salida, y la mejor manera era conformar grupos de trabajo. Además, coincidíamos en otros ámbitos como el Foro Nacional de Agricultura Familiar (FONAF[2]), y nosotros nos integramos a Federación Agraria Argentina (FAA), en el cual había referentes como el compañero Luis, que ya estaba participando en la juventud. Nos fuimos integrando a esta entidad para ir probando nuestras primeras herramientas que eran las capacitaciones en desarrollo territorial, en aspectos dirigenciales, hicimos cursos de diferente tipo, que nos sirvieron para ir descubriendo la importancia de los grupos de trabajo. Entonces, aún antes de ser cooperativa, muchos ya estábamos articulados, buscando la manera de dar un paso adelante”.

Paralelamente, se fueron integrando al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), formando parte del Consejo Asesor Local, porque en cada departamento de la provincia donde se encuentra una agencia del organismo, conforman delegados representantes de las entidades, grupos, consorcios, cooperativas, productores independientes, artesanos, que tienen un representante. “Así, yo pude estar al frente de la presidencia, por cuatro años, en representación de FAA. Antes la tuvo CRA y ahora Luis es el presidente del Consejo local asesor de Simoca. Todos esos lugares que nosotros fuimos ganando, que fuimos ocupando, en diferentes aspectos e instituciones, han logrado que seamos, a lo largo del tiempo una especie de referentes en la zona”, destaca Mario.

Las reuniones del programa se extendieron hasta alrededor de 2016. Luego, algunas personas volvieron a producir individualmente, pero muchos otros continuaron viendo la alternativa de trabajar en conjunto, realizando algunos sembrados con recursos propios y otras opciones.

Así, en el año 2020 llegó a la zona una propuesta de parte del gobierno provincial y municipal para conformar un ente autárquico tendiente a instalar una fábrica por primera vez en la zona. Buscaban que se pudiera desarrollar un emprendimiento industrial de dulces regionales, para reactivar la zona y generar nuevos puestos de trabajo formal, lo cual representó una enorme oportunidad para el grupo. “Nos convocaron a nosotros como referentes para que hiciéramos extensiva la invitación a los demás productores a las reuniones para ver cómo se podía seguir adelante hasta la presentación de este proyecto que buscaba el desarrollo local a través de la industria. También se conformaría una cooperativa que pudiera ser proveedora de la materia prima, pero que no sólo tuviera una mirada desde la agricultura o la producción primaria, sino también de desarrollo social. Por eso se pretendía establecer una pequeña empresa, para afrontar los desafíos de la comercialización, los diferentes convenios ya no tan solo con la fábrica de dulces regionales sino también con otras industrias que están interesadas en el rubro alimentario. Todo esto ha sido un lindo desafío para nosotros, y logramos ponernos de acuerdo y conformar esa cooperativa”, agrega.

Ese grupo estaba conformado por alrededor de treinta personas, que debieron formalizarse como cooperativa para poder ser proveedores y desarrollar la actividad hortícola necesaria para vender las batatas que necesitaba la fábrica de dulces regionales que se instalaría. Además, se les presentó el desafío de que el material que proveyeran cumpliera determinados estándares sanitarios. “Antes se producía sin control en la variedad o en los procesos. A veces se volvía a poner en la misma parcela seguido dos o tres años con batata, cuando en realidad eso incide mucho en el fruto, que se llena de carga virósica. Entonces el Estado nos alentó a mejorar en ese sentido, para eso pusieron a disposición las cuestiones técnicas necesarias para mejorar la condición productiva”, cuentan.

Con mucho trabajo, lograron constituir la Cooperativa de Trabajo Agropecuario Dulce Esperanza Ltda. que está compuesta por 26 personas, con cuatro o cinco integrantes por grupo familiar, que para llevar adelante sus actividades ocupan la mano de obra de otras cinco a diez personas. De este modo, a la fecha hay alrededor de 150 personas afectadas para realizar los trabajos tanto de plantado como de cosecha.

Por supuesto, para lograr la conformación de la cooperativa fue fundamental el apoyo del Estado. Por un lado, a nivel económico, ya que les permitió acceder a los insumos, pues aportaron material genético saneado, al gasoil para realizar la labranza, al abono y algunos otros elementos que eran necesarios para el desarrollo. También colaboraron para contar con los recursos humanos necesarios para el levantamiento de la cosecha, al facilitarles el pago para el personal que los ayudaba, hasta que ellos pudieron contar con su producción. “Además, contamos con el aporte del gobierno municipal, que nos donó semillas para diversificar. Ellos vieron que además de batata hacíamos maíz, zapallos, sandías, frutillas y otras cosas, pero los costos son altos para hacer a ese nivel. Así que nos dieron todo el apoyo dándonos las semillas. Hemos logrado también que permanentemente se articulen la cooperativa con el municipio, realizando en conjunto actividades que no eran comunes en la zona, como por ejemplo capacitaciones en Buenas Prácticas Agropecuarias, o jornadas a campo, donde luego de haber recibido esas semillas, podíamos mostrar los frutos de nuestro trabajo y contagiar a otros actores que todavía no estaban en la cooperativa”, reseña Luis. Y destaca: “Así, tenemos la oportunidad de mostrar a nuestros vecinos que cuando las cosas se hacen bien, uno se puede seguir desarrollando, no sólo con la agricultura sino también en la parte institucional”. Y añade Mario: “También queremos mencionar el apoyo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Simoca, que tiene muy buena reputación por el compromiso que tiene con los pequeños productores. Varias de las reuniones que realizamos para conformar la cooperativa fueron en su sede, y eso aportó mucha credibilidad y le dio confianza a mucha gente para sumarse, y no sólo productores sino también artesanos y otras personas que realizan otros tipos de actividades”.

Luego de haber recibido la propuesta del gobierno en enero de 2020, en febrero continuaron desarrollando capacitaciones en cooperativismo para reforzar sus conocimientos y e informar a los nuevos integrantes sobre el tema. En marzo los sorprendió la pandemia de Covid-19, que en Argentina derivó en un confinamiento estricto que limitó las interacciones sociales por muchos meses. “La verdad es que la pandemia nos tomó por sorpresa. Estábamos en pleno armado de la cooperativa y tuvimos que frenar todo por dos o tres meses, que fue el tiempo en que se cumplió muy estrictamente el aislamiento. No podíamos reunirnos ni salir. Luego pudimos inscribirnos como agricultores familiares y conseguir algunos permisos para transportar la producción y circular”, relatan.

En junio la provincia confirmó avances en la construcción de la fábrica, por lo que les consultaron si estaban dispuestos a reunirse. “Ha sido todo un desafío. En esa época no había vacunas y era realimente un riesgo enfermarse, pero decidimos (yo digo como un acto heroico y épico) juntarnos, conformarnos como cooperativa, elegir nuestras autoridades y avanzar. Yo tuve el honor de que me eligieran presidente, y pudimos cumplir con las cuestiones administrativas”, cuenta Mario. Pero también debían avanzar con la producción, era necesario plantar las batatas. Pudieron realizar la planificación agropecuaria y en julio recibieron de parte del gobierno provincial el material saneado. “Nos pusimos en campaña cada uno de los productores para hacer el trabajo. Por la situación sanitaria, priorizamos que trabajara la gente más joven de la cooperativa. Así, salíamos a hacer los tres viveros principales. Gracias a eso, en octubre teníamos los primeros plantines saneados, que fueron distribuidos entre 29 productores. Así que fueron 4 o 5 meses en los cuales nosotros hemos tomado todas las precauciones, cada uno tenía su botella de agua, su vaso y anotábamos en la finca nomás mientras hacíamos las tareas, pero lo logramos. Fue un trabajo muy arduo de hacer y era un nuevo desafío para nosotros hacer esos cultivos de una manera no tradicional, sino con técnicas hortícolas en las que teníamos que hacer túneles, riego por goteo, descompactamiento de tierra, así como también debíamos estar atentos a alguna presencia de enfermedades. En síntesis tomamos un riesgo, pero gracias a Dios y a la Virgen, ninguno nos hemos enfermado, pese a que trabajamos en bloque y no siempre pudimos respetar el distanciamiento porque trabajamos en equipo plantando, ubicando la batata en un surco, los otros equipos iban tapando, los otros iban regando, los otros iban instalando la cinta,  iban haciendo los microtúneles, así que en fin, nos la hemos jugado por este proyecto. Hemos dado todo y hemos arriesgado nuestra propia salud y, gracias a eso, en octubre teníamos superadas las expectativas”, continúa Barrojo.

El grupo ha logrado tener material saneado, lo que ha repercutido además en las plantaciones en los campos. Mientras que la provincia esperaba que obtuvieran 15000 k promedio en las hectáreas (dado que antes el rinde cultural promedio de la batata en la zona era de 8000 k) han llegado a obtener entre 25000 y 40000 k, es decir que han superado ampliamente las expectativas. “Obviamente esto ha sido un gran desafío después para cada productor de la cooperativa, y lo hemos superado, pese al covid inclusive”, se enorgullecen.

Relación con Federación Agraria Argentina

En el momento en el que comenzó con las dificultades para levantar la cosecha de caña, Luis se acercó a la Cooperativa de Productores Agrarios de Simoca, a través de la cual empezó a trabajar en el FONAF representando a dicha cooperativa, que era socia de Federación Agraria Argentina. “Así fue que me involucré en la juventud de FAA, a través del Centro Juvenil Agrario (CJA) Las Yungas, formado con los socios de la Cooperativa Don Pedro y la Cooperativa Galli, lo que fue muy importante para mí porque a todos nosotros nos abrió la mente y los ojos. Empezamos a ver que la actividad agropecuaria tiene que ir acompañada de lo gremial, porque si no estamos preparados para defender la actividad, no puede seguir subsistiendo. Antes solo me dedicaba a la parte productiva, pero no entendía, porque cuanto más trabajaba, más energía ponía y más esfuerzo, igual me fundía. Entonces entender lo que sucede te hace relacionarte con entidades, capacitarte y de ahí van saliendo otros contactos y se abren otras cuestiones. Porque aprendés que no sólo tenés que sembrar, sino que también necesitás manejar el tema de costos, que desconocíamos totalmente. Desde ahí, empezamos a ver la producción de otra manera y entendimos que antes de decidir la inversión en un cultivo, primero hacemos los costos, para saber si va a rendir”. Con el tiempo, además del CJA conformaron una filial de Federación Agraria Argentina en Simoca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensando en el futuro

Como presidente de la cooperativa, Mario sueña con que puedan trascender las fronteras de la Argentina. Espera que puedan  exportar lo que producen. Sabe que pueden hacerlo, así como lograron superar otras adversidades. “El tener tan buen rinde, también nos planteó una  crisis el año pasado por tener tanta producción y no saber qué hacer. Hemos logrado ubicarla en Buenos Aires y otras plazas del mercado interno. Así que ver que uno pudo generar un producto de calidad, acompañado con Buenas prácticas agrícolas, son cosas que a nosotros nos suman para certificar la producción. Y un paso más sería poderle vender a otros países, trascender las fronteras de la Argentina, tanto a nivel Mercosur como, por qué no, a otros mercados del exterior. Y acá a nivel local, que la fábrica se pueda seguir desarrollando en otros cultivos, para que nosotros podamos no tan solo diversificar con batata sino también con otras producciones. Porque también hemos logrado desarrollar frutillas, algo que no estaba previsto y que nadie pensaba que se iba a poder hacer en la zona, y realmente se obtuvo un muy buen desarrollo. Sueño con que podamos seguir innovando, y continuar sorprendiéndonos, no sólo a nosotros sino también a todos los que conforman el núcleo de agricultura familiar”, se ilusiona.

Y lo sigue Luis: “Como yo tuve la oportunidad de arrancar con la juventud de Federación Agraria, yo anhelo que los hijos de los socios se involucren más, se capaciten y se preparen para poder, en el futuro, poder tomar las riendas de la cooperativa. Es un desafío que lo hemos empezado el año pasado, y estamos trabajando para consolidarlo, para poder atraer a los chicos para que se sumen a la cooperativa”.

Seguramente lo lograrán. La fuerza que les da el trabajo en equipo, la capacitación contínua, el apoyo del Estado para emprender estos anhelos, el tesón que demostraron en estos años y los buenos resultados obtenidos, son prueba irrefutable de que estos productores pelean para alcanzar sus metas.

Caso escrito por Vanina Fujiwara, corresponsal de COPROFAM en Argentina

[1] Texto completo de la res. 175/09: http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/150000-154999/151425/norma.htm . Más información en: https://www.magyp.gob.ar/sitio/areas/proinsa/institucional

[2] El FONAF fue creado por la Resolución 132/2006 (https://acortar.link/AdOfjv) de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, para, entre otras cosas, “proponer políticas, proyectos, leyes, resoluciones, disposiciones o modificaciones de las normativas vigentes que tengan impacto en los productos de la agricultura familiar”.