Valorizar la producción agropecuaria familiar para asegurar alimentos disponibles a un precio justo

Editorial con la visión de la Comisión Nacional de Fomento Rural-Uruguay, sobre la actual situación que experimenta el planeta y la necesidad de revalorizar la Producción Agropecuaria Familiar, como garante de la producción de alimentos y su disponibilidad para las poblaciones y como parte de la solución a las crisis que hoy día golpean a consumidores, trabajadores y economías nacionales.

Valorizar la producción agropecuaria familiar para asegurar alimentos disponibles a un precio justo

La actual situación que experimenta el planeta con los impactos por la pandemia del Covid con un aumento significativo en el precio de los alimentos, la creciente inseguridad alimentaria, los cada vez más frecuentes impactos del cambio climático y la escalada bélica, deberían dejar como aprendizaje para las poblaciones y los tomadores de decisión a nivel país, la necesidad de revalorizar la Producción Agropecuaria Familiar, garante de la producción de alimentos y su disponibilidad para las poblaciones, como parte de la solución a estas crisis simultáneas que golpean a consumidores, trabajadores y economías nacionales.

 

Transcurrido un tercio ya del año 2022, el planeta en su conjunto, pero particularmente nuestra región América Latina y el Caribe y el Uruguay específicamente, nos enfrentamos a crisis simultáneas que merecen un repaso, con la finalidad de extraer algunos aprendizajes.

Los impactos en los costos del comercio internacional, encarecieron violentamente los transportes y fletes, así como los insumos y commodities o bienes básicos, en este caso alimentarios.

El conflicto desatado entre Rusia y Ucrania, naciones responsables de una importante porción de la producción de algunos cereales básicos para la población mundial, agudizó la especulación y ambientó un incremento en el costo de las energías empleadas en la agropecuaria y el transporte.

Sin embargo, el sector de la producción familiar (AFCI) y de pescadores artesanales, que genera el 70% de la producción global de alimentos, ya venía señalando la falta de políticas específicas que favorecieran su acceso a la tierra, crédito y condiciones justas de vida y producción.

Nuestro país y la región sur de América fueron testigo de fenómenos climáticos extremos: extendidas sequías, temperaturas extremadamente altas, masivos incendios forestales y de pastizales, se sucedieron en el último medio año, menguando cosechas y, en muchos casos, pausando el ciclo productivo de miles de productores familiares, desde ganaderos, avicultores, horticultores, fruticultores, lecheros, por citar algunos ejemplos. Fenómenos que, según las proyecciones de los expertos, se volverán cada vez más violentos y frecuentes.

A pesar de todo, desde la declaración de emergencia sanitaria en 2020, coincidiendo con emergencias agropecuarias en tres veranos consecutivos (2020, 21 y 22); el traslado del mercado mayorista de referencia granjera desde su histórico emplazamiento hasta la Unidad Agroalimentaria Metropolitana y otra serie de hitos como los recortes presupuestales en el Instituto Nacional de Colonización y en la investigación, como por ejemplo en  el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA); o la pérdida de capacidad de compra de las familias consumidoras debido a que los salarios perdieron peso ante la carestía; la producción familiar nacional uruguaya a través de sus casi 35 mil productores y productoras registrados en 18 mil explotaciones, ha demostrado su capacidad de sostener la cadena alimentaria, abasteciendo con alimentos locales a pesar de extensas temporadas de escasa rentabilidad y de otras con la reducción de oferta, consecuencia de la afectación climática.

Cuando algunos rubros muestran incrementos en sus precios al consumidor, no es el productor familiar el que aumenta su margen de ganancia: la escasez de oferta no escapa a una larga cadena de intermediación en la que, de un lado el productor (que es quien invierte y asume el riesgo) y en el otro extremo el consumidor, aparecen como los eslabones más perjudicados.

La producción familiar agropecuaria es, además de un modo de generación de renta, una forma de vida y, por ello, si cuenta con la valorización como sector estratégico de nuestras sociedades, si la población en su conjunto es capaz de reconocer su papel y las instituciones políticas actúan en consecuencia, es este el sector que siempre estará ahí para alimentar a la población. Por ser familiar y al mismo tiempo modo de trabajo y de vida, es resiliente: al productor le va la vida en que su sistema de producción tenga la capacidad de adaptarse y producir en ambientes cambiantes y de forma sostenida en el tiempo, con un horizonte intergeneracional; aunque el costo de los insumos externos, sobre los cuales no tiene control, muchas veces minimiza el ingreso familiar e inviabiliza esa unidad productiva, aportando así a la concentración de medios de producción y favoreciendo la concentración de oferta, factor que también conduce a la carestía.

Recientemente la 37ª Conferencia Regional de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura FAO, reunida en Ecuador, fue escenario para que varios estados presentes remarcaran este rol estratégico de la producción familiar como herramienta de solución para detener la escalada del precio de los alimentos. En esa cita, el director general de FAO, QU Dongyu, elogió a los actores públicos y privados de la región —la de mayor potencial en producción de alimentos del planeta— por la labor que realizaron para mantener la producción y el comercio de alimentos durante la pandemia. “Deben mantener este mismo esfuerzo en todos sus sistemas agroalimentarios, en beneficio de la seguridad alimentaria mundial”, agregó.

Estos dilemas que marcan agenda mundial y también local, se manifiestan mientras transcurrimos el Decenio de la Agricultura Familiar, Campesina e Indígena declarada por Naciones Unidas (2019-2028), que tiene como objetivo reconocer la importancia de los agricultores familiares y potenciarlos como agentes clave de cambio en la transformación de los sistemas alimentarios.

Entre los pilares de este decenio, se destaca el compromiso de “fortalecer la multidimensionalidad de la agricultura familiar para lograr innovaciones sociales que contribuyan al desarrollo territorial y a sistemas alimentarios que salvaguarden la biodiversidad, el medio ambiente y la cultura”.

En ese espíritu, reafirmamos el compromiso como organización de la producción familiar, con fuertes lazos con nuestras organizaciones aliadas de la región, de contar con políticas e inversión públicas, diálogo social y conciencia agropecuaria suficiente para que la producción familiar sea fortalecida, valorizada y comprendida, así como otros eslabones que hacen a la seguridad y soberanía alimentarias, como son los asalariados y asalariadas rurales, de la agroindustria, el personal técnico y científico con tecnologías adecuadas a la producción familiar y sus necesidades, las mujeres y las juventudes rurales.

En la producción familiar de alimentos se anudan varias soluciones a crisis de nuestra hora histórica: el desempleo, la adaptación y mitigación de la crisis climática, la inseguridad alimentaria, la injusticia social, la malnutrición.

Reconocerlo, implica actuar en consecuencia.

 

Comisión Nacional de Fomento Rural, 8 de abril de 2022, Montevideo, Uruguay.