Recuperar el tomate limachino es Recuperar en parte la memoria emocional de Chile

El ser humano es un ser viviente que recuerda. Desde la sicología, la memoria emocional es uno de los aspectos nucleares de la identidad humana: nuestros recuerdos autobiográficos más vívidos suelen estar asociados a emociones muy intensas, sean positivas o negativas. Se ha planteado que recordamos el estado fisiológico en que nos encontrábamos en un momento dado más que los hechos en sí mismos. La memoria y la emoción son procesos íntimamente relacionados; todas las etapas del recuerdo, desde la codificación de información hasta su recuperación a largo plazo, son facilitadas por factores de tipo emocional.

Muchos de nuestros recuerdos están asociados a hechos, voces y sabores. La mesa chilena siempre tuvo ese olor que recuerda a la tierra que era producido por el tomate limachino.

Desde la historia reciente, el año 1981 representó la desaparición de un alimento que había sido el rey de las mesas de las comunas de Limache y Olmué: el Tomate limachino -patrimonio agrario y agroalimentario de esta zona de la Región de Valparaíso-, ejemplar grande, sabroso, aromático e irregular, que satisfacía los paladares. Su cultivo se inició en la década del 30 del siglo pasado, con el arribo de colonos franceses, italianos y españoles que, además de buscar mejores sueños de vida, trajeron semillas de tomate, lo que a la larga se convirtió en el clásico Tomate limachino.

“Este hermoso proyecto es señal del valor que tienen iniciativas orientadas al rescate y valorización de productos con carácter patrimonial y que ponen en valor alimentos, variedades y productos tradicionales de nuestra tierra, como el Tomate Limachino, el calafate, la murtilla, el cordero chilote, la papa chilota en el sur, la quinua y muchos otros más. Más allá de eso, estos esfuerzos apuntan a dar herramientas a la Agricultura Familiar Campesina (AFC), por ende, es una opción económica viable y real para mejorar la calidad de vida de los productores y su gente”, indicó Iris Lobos, directora nacional del Instituto de Investigaciones Agropecuarias, INIA.

Daniel Morales, jefe comunal de Limache, destacó que el rescate y valorización del Tomate Limachino “ha sido un sueño y un desafío patrimonial que hemos ido concretando, porque es parte de nuestra identidad, de nuestra historia y una forma de proyectarnos hacia el futuro”.

Los investigadores del INIA, Victoria Muena (subdirectora de Investigación y Desarrollo de INIA La Cruz) y Luis Salinas (ingeniero agrónomo de la misma institución, detallaron exhaustivamente a los medios convocados, cuál fue el trabajo específico del INIA en este proceso de recuperación, quienes señalaron: “fue realizar en principio las colectas de semillas de tomate limachino conservados de generaciones anteriores. Paralelamente se entrevistó a actores relevantes en cuanto al conocimiento de la historia del tomate limachino, su llegada a la zona, antepasados que llegaron con esas semillas y técnicas de cultivo utilizadas en ese entonces y cómo se han ido manteniendo en el tiempo.  Luego con el material colectado se procedió a la caracterización genética de las distintas accesiones para determinar la cercanía con las accesiones conservadas por el banco de germoplasma de INIA La Platina.

En terreno y en conjunto con los agricultores se cultivaron las distintas accesiones y se observaron características de cada accesión, como hábitos de crecimiento y fructificación, para posteriormente, en conjunto, definir los manejos más idóneos, inocuos, sustentables y menos invasivos en cuanto a las técnicas ancestrales de cultivo y con esto no perder las características diferenciadoras de este tomate con respecto a las variedades comerciales”.

Tras encontrar las semillas, el segundo paso fue buscar la mejor forma de cultivarlo. “Optamos por rescatar los procesos típicos de los antiguos agricultores”, aclara Martínez. Sembraron al aire libre y en invernadero, pero los productores decantaron por este último, por la delicadeza del fruto. Cerca de doce mil plantas pequeñas fueron distribuidas a doce agricultores, los que producen frutos desde octubre a marzo.

Luego fueron capacitados en el proceso de post cosecha para que el tomate dure más. Así lograron ampliar los tres días de vida útil del fruto a nueve, lo que les permite una mejor comercialización. “Hay que tratarlo con mucho cariño y cuidado, porque es un poco sensible”, dice Juan Huerta (66), pequeño agricultor de Lliulliu, cerca de Limache. “Yo lo cultivaba cuando tenía 10 años, y el sabor es el mismo. La gente que lo ha probado lo encuentra aromático y jugoso. Es como volver a la niñez”, agrega.

Un factor importante para que el cultivo perdure más allá de este proyecto es que sea comercialmente factible. Raúl Fuentes, de la UTFSM, se encargó del modelo de negocio. “Este es un producto distinto, con más sabor y aroma. Hicimos mediciones y encontramos que tiene 50% más antioxidante que el tomate larga vida, por lo que además es más saludable y estamos en camino a que sea completamente orgánico”.