Las fronteras agrícolas, los ecosistemas para estudiar escenarios futuros y la producción innovadora de vinos
Cada vez, pareciera, que hay menos espacio para la innovación. El mundo rural en su conjunto es un mundo de tradiciones, donde el conservadurismo tiene mayor raíz. Desde esa realidad cultural, innovar es un tremendo desafío. Y las condiciones climáticas han aportado a que estos cambios se produzcan. En las regiones de clima frío, los enólogos exploran cepas con piel delgada y un bajo nivel de acumulación de azúcar.
En su mayoría, son variedades blancas como: Sauvignon Blanc, Chardonnay, Viognier, Riesling, pero también algunas tintas como Pinot Noir o Syrah. El índice Growing Season Temperature, GST, ideado en el Instituto de Investigación Agrícola de Tasmania (Australia) para medir temperaturas promedio, se calcula tomando la temperatura media para cada mes de la temporada de producción vinícola de siete meses (de octubre a abril en el hemisferio sur, y de abril a septiembre en el hemisferio norte), dividido por siete. Los enólogos saben que las uvas para vino crecen mejor en climas que no son demasiado tropicales, demasiado áridos o que recuerdan demasiado a la tundra ártica. La mayoría de los climas adecuados se encuentran entre los 30 ° y 50 ° de latitud, tanto al norte como al sur.

Las uvas de regiones más frías generalmente no maduran tan rápido, lo que resulta en azúcares naturales más bajos y mayor acidez. “Estos vinos pueden describirse como elegantes, matizados y frescos. Los sabores de frutas ácidas como arándano, frambuesa, cereza ácida y manzana verde son comunes, al igual que notas herbáceas, especias de pimienta negra (especialmente en Syrah) y notas terrosas del ‘suelo del bosque’ como las que se encuentran en Pinot Noir de Borgoña”. Clima y suelo influyen en el carácter del vino. Pedregoso, calizo, de aluvión, arcilloso, pizarroso. Los viñedos se asientan sobre infinidad de terrenos con diferente composición geológica, que afectará a su pH, y con mayor o menor fertilidad.
Con más de 800 bodegas activos, Chile se ha convertido en un nuevo referente internacional de la producción de vino. Es el cuarto productor mundial, por detrás de Francia, España e Italia, y exporta sobre todo en Brasil, en Estados Unidos, en China y en Japón.
Según un estudio elaborado por científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, en 2050 Santiago habrá tenido un aumento de 2,7°C de temperatura. Una veintena de viñedos participan en el programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad que desde 2008 promueven el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y la Universidad Austral de Chile. Todas ellas pertenecen a la llamada zona mediterránea de Chile, la que está menos protegida por parte del Estado. El proyecto, liderado por la bióloga Olga Barbosa, pretende compatibilizar la conservación de la biodiversidad y el desarrollo de la industria vinícola.
Nuevas zonas vitivinícolas surgen todos los años debido a la gran capacidad de exploración que tienen los empresarios nacionales, los cuales realizan plantaciones en los lugares más recónditos del país, sin olvidar al Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) que posee viñedos en zonas extremas que ayudan a ampliar la diversidad genética y de adaptación agroclimática.

En los viñedos Villaseñor, las temperaturas de los últimos años varían entre los 16 y 20 grados de máxima y los cuatro y los nueve de mínima, con una media de entre 2.000 y 2.500mm de precipitaciones anuales. En cambio, el centro del país vive bajo los efectos de una fuerte sequía desde hace una década. “Descubrimos que la variedad específica de Pinot Noir que tenemos se adapta muy bien a las condiciones extremas de la Patagonia. La cepa es una planta que cuanto más la estresas, mejores características entrega”, apunta Francisco Berrios, director comercial de Viñedos Villaseñor.
Hace una década parecía imposible beber vinos de la Patagonia chilena; pero el cambio climático está permitiendo la producción de un caldo de alta gama en sus increíbles paisajes de volcanes, huemules, jabalíes y bosques milenarios.
Enólogos descubrieron hace un tiempo cerca de la localidad de San Rosendo, en la región del Biobío (a unos 520 km al sur de Santiago), un Malbec puro de unos 100 años de antigüedad, un vino tradicionalmente producido en Argentina y Francia que habría sido traído a Chile por colonos franceses en el siglo XIX. El Atlas de los vinos nunca es definitivo.
Enrollada a un ciprés milenario del parque Tagua Tagua, en Cochamó, se confundía con el follaje una parra de 70 años, cuya cepa específica aún es una incógnita. Sin embargo, su existencia comprobó que en esas latitudes de la X Región era posible que las vides no solo sobrevivieran, sino que tenían el potencial para entregar vinos de alta calidad y extender la frontera agrícola y de los mostos hasta la Patagonia.
El río Puelo es uno de los pocos ríos del mundo que fluye libre de cordillera a mar. Sus aguas y ecosistemas se encuentran en excelente estado de conservación lo cual es esencial tanto para las personas y ecosistemas como para estudiar los escenarios futuros que traen consigo el calentamiento global. El río Puelo, cuyo nombre deriva de la palabra puelco en mapudungún, lo que significa “Agua del este”, tiene en su nombre un valor sagrado para la cosmovisión mapuche. En el mundo del vino no sólo hay espacio para la innovación, muy de la mano de la ciencia y la tecnología, sino también para pequeños descubrimientos que pueden sumarse a las bodegas que Chile ofrece al mercado internacional.


