Macarena Valdés y Marco Aceituno: la Historia de Amor de un Proyecto de Agricultura Familiar fundado en la Sustentabilidad, Agroecología y Economía Circular
Macarena Valdés y Marco Aceituno cuando decidieron ser pareja se prometieron cultivar otros horizontes en las relaciones humanas y generar métodos de producción amables con el medio ambiente, prácticas culturales que también heredarían a sus hijos. Tanto ellos, la pareja y sus hijos tratan a los animales con respeto y les tienen nombres. Y a siete kilómetros de Los Molles, desde la Ruta 5 Norte cerro arriba, donde se instalaron comenzaron a hacer realidad los sueños por los cuales estaban juntos o por el cual el destino los había juntado.
A medida que el vehículo sube los cerros, el mar se pronuncia en toda su azulosa inmensidad y trae una brisa refrescante que se siente. Alrededor del camino de tierra, sin embargo, los cerros lucen los efectos de la prolongada sequía: árboles y arbustos resecos, ningún rastro de un charco y menos de animales en pastoreo. Mucha gente nos decía: qué sacábamos con vivir tan aislados, en un cerro seco, sin vida. Demostramos que sí se puede ser autosustentables. Que esto no es una fantasía. Y que podemos vivir en el norte, en plena sequía y crisis económica.
Hoy por hoy, nada parecer ser como era. Al lado de los principales cultivos -betarragas, zanahorias, zapallos, porotos, frutillas, tunas, cebollas y un largo etcétera- figuran dos biodigestores que permiten generar biogás para uso dentro de la vivienda. Éste entra en acción cuando los paneles solares sufren algún desperfecto o cuando la pequeña aspa de energía eólica colgada del techo no logra producir calefacción y electricidad dentro del hogar. La casa que habitan es totalmente autónoma respecto de la red eléctrica central. “Lo mejor de todo es que no tienes que pagar luz, agua ni gas. Eso no le gusta al sistema”, dice, entre risas, Marco Aceituno.
“Todo esto fue surgiendo por necesidad, nosotros ni siquiera éramos formados en el campo. Nunca estuvo en nuestros planes ser autosustentables ni ecológicos”, asegura Aceituno, mientras él y Macarena realizan una especie de tour por su espacio, cuya vista hacia el Pacífico sólo es alterada por las torres de alta tensión del proyecto Cardones-Polpaico. “Nos dijeron que no habría impacto y se nos murieron todas las abejas de las colmenas”, dice, molesto, Marco.
Marco Aceituno comenta que “nosotros no teníamos conocimiento de la agricultura, no sabíamos cultivar. Sin embargo, le dimos vuelta al destino y logramos ser independientes. Hoy, estamos en condiciones de traspasar lo que hemos aprendido a otras familias de la región de Valparaíso y del país”. Cuando recién se instalaron en este terreno, no obstante, iban caminando o en tractor con sus tres pequeños a rescatar agua de un pozo. Debían sacarle las impurezas y ahí recién servía para ducharse, cocinar, lavar y darles de beber a los animales. Recuerdan ese tiempo con nostalgia, pero no como una experiencia digna de ser repetida.
“Somos amantes de los puntos que reciben los residuos reciclables. Recolectamos los botellones, el cartón y el aceite. Gracias a estos materiales, le damos una segunda oportunidad. Por ejemplo, los bidones desechables los utilizamos para riego controlado en las camas de hortalizas y producción de limones”. Estos, agrega, “los perforamos y llenamos con 6 litros de agua, los que pueden durar 20 días enterrados en el sustrato y/o suelo. Hacemos una capa entre guano y cartón y al cabo de este tiempo, podemos observar que el sustrato y las raíces se mantienen húmedos”, afirmó Aceituno.

Este proyecto familiar, también conformado por sus hijos Alfonso (9) y Alfredo (4), y su hija Victoria (6), aplica los principios de la sustentabilidad y la eficiencia hídrica y energética en una de las zonas más críticas del país. De hecho, cada semana un camión aljibe del municipio de La Ligua abastece de 5 mil litros de agua al matrimonio en la soledad del cerro, y con eso se tienen que batir para sostener la granja y acometer las labores domésticas.
Al respecto, Macarena Valdés, dueña de “La Pachamama”, afirmó que “llegamos al cerro donde hoy vivimos cuando ya había escasez hídrica, por lo tanto, fue bastante difícil y gracias a los vecinos nos pudimos armar de una pequeña cabrería, la que nos permitió tener la leche para nuestros hijos y carne para poder alimentarnos”. Toda el agua que hoy emplean para regar un tipo de cultivo es reutilizada en otros para evitar la pérdida del recurso. Lo hacen con un sistema de riego por goteo a través de unas canaletas que ambos construyeron: el agua escurre por la tierra y al final de su recorrido es rescatada con un balde, ya enriquecida con nuevos nutrientes, para ser utilizada en otras verduras.

Actualmente, el matrimonio utiliza 5 mil litros de agua, que se llevan en camión aljibe, al mes para cubrir todas las necesidades de su predio agrícola, saliendo adelante con insumos que el lugar les ha entregado basado en esfuerzo, entusiasmo y creatividad. Además, en esta granja inteligente se recicla el guano de los animales para usarlo como combustible y producir electricidad; se muele el cartón para transformarlo en sustrato y además utilizan un sistema de producción de forraje hidropónico como base de alimento en su producción animal.
Granja La Pachamama actualmente se ha convertido en un ejemplo nacional de economía circular y agroecología que demuestra que es posible optimizar el uso del agua en condiciones de extrema sequía y dar una segunda oportunidad a los residuos reciclables impactando lo menos posible al medioambiente. A través del uso de forraje verde hidropónico, usando apenas dos litros de agua por cosecha, logran alimentar a los 139 animales de su granja, por lo que piensan que este sistema puede ser una solución para los crianceros del sector golpeados por las muertes de su ganado.
Para salvaguardar el problema de la falta de forraje para animales, debido a la emergencia hídrica que tiene en vilo a la zona, ambos emprendedores apelaron a un sistema que les garantiza total independencia de la asistencia externa: el forraje verde hidropónico, es decir, sin necesidad de cultivo en tierra. En otro rincón del predio, cubierto por una malla blanquiverde, se encuentra el invernadero que contiene ocho camellones con pasto sobre una capa alfombrada de avena que sirve para alimentar diariamente a todo el ganado. Cada camellón entrega 30 kilos de forraje, a partir de 3 kilos de semilla de avena cultivada y apenas dos litros de agua. El riego automático y los paneles fotovoltaicos para su funcionamiento fueron proporcionados por INDAP.

Marco abre la puerta del establo a las vacas que salen ordenadas en hilera en dirección hacia el mar. Junto a sus hijos le gritan su nombre a cada una. Una de ellas se llama Lola y la familia le tiene dedicada una canción. Los conejos Flandes que corretean por la granja llevan por nombre Montagris y Wala. Este trato con los animales les permite ser visitados a menudo por vecinos de Los Molles o por delegaciones de niños y niñas.
“Casi todos nuestros animales tienen nombre. El cerro nos enseñó a vivir de otra manera. Lo principal es agradecer a Dios, sin pensar en religión. Y pedir permiso al cerro cuando sacrificamos al animal. No sacrificamos animales por una fiesta o porque viene un grupo de amigos. No es una celebración. El cerro es muy sabio, porque nos da una cantidad de verduras impresionante. Ya no se faena como antes. Con la verdura tan rica que producimos acá, nos estamos volviendo hasta vegetarianos”.
“La autosustentabilidad no es un trabajo fácil, gracias a YouTube aprendimos a cultivar una tierra compleja, a producir 140 kilos semanales de forraje hidropónico para nuestros animales con 2 litros de agua, a elaborar nuestro propio combustible, a fabricar nuestro jabón, entre otras cosas para el consumo personal”, complementó Marco Aceituno.
Fuente: País Circular.
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